Queremos tener todas las respuestas antes de tomar una decisión.
El problema es que algunas respuestas solo aparecen después de haberla tomado.
Cuando tenemos que dejar algo conocido —un trabajo, un proyecto, una posición, incluso una forma de hacer las cosas—, nuestra mente hace algo bastante comprensible: intenta protegernos.
Lo que conocemos tiene una gran ventaja: podemos anticiparlo.
Lo desconocido, no.
Y ante la incertidumbre tendemos a prestar más atención a lo que podemos perder que a aquello que podríamos ganar.
¿Qué pasa si me equivoco?
¿Y si pierdo lo que tengo?
¿Y si la alternativa no funciona?
¿Y si después me arrepiento?
Intentamos dibujar todos los escenarios posibles antes de movernos.
Pero hay un escenario que, curiosamente, analizamos mucho menos:
¿Qué pasa si no hago nada?
Porque quedarse también tiene un coste.
A veces nos quedamos demasiado tiempo en un trabajo, en un proyecto o en una situación que ya no funciona porque comparamos el riesgo de cambiar con la aparente seguridad de quedarnos.