Durante muchos años he vivido con una ecuación que parecía bastante sencilla.

Talentos, esfuerzo, disciplina, perseverancia y trabajo duro daban como resultado aquello que me proponía conseguir.

Y, sinceramente, la vida me había dado suficientes pruebas como para creer que esa ecuación era cierta.

El deporte me enseñó que entrenar más, insistir más y no rendirme solía acercarme a mis objetivos. Mi etapa profesional me enseñó algo parecido. Cuanto más me implicaba, más aprendía, más trabajaba y más asumía responsabilidades, mejores resultados obtenía.

Sin darme cuenta, he acabado construyendo una creencia muy profunda: si algo no funciona (como yo espero), es que probablemente necesito hacer más. Más horas, más esfuerzo, más preparación, más seguimiento, más energía y más implicación.

Y durante mucho tiempo esa estrategia me ha funcionado bastante bien.

El problema es que últimamente me estoy encontrando con situaciones que están poniendo esa ecuación a prueba. Situaciones en las que me he implicado profundamente, he puesto toda mi experiencia, mi energía y mi compromiso, y aun así los resultados no han han sido los que esperaba.

Lo más incómodo para mi de todo esto no ha sido que el estándar de éxito no era el que yo había decidido, que también, lo más incómodo ha sido darme cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, estoy descubriendo que hay una parte muy importante de la ecuación que nunca ha dependido de mí.

Creo que muchas personas que hemos conseguido lo que nos hemos propuesto en la vida acabamos desarrollando una cierta ilusión de control.

No porque seamos arrogantes. Sino porque la experiencia nos ha enseñado que nuestro esfuerzo suele tener consecuencias. Quizá la ilusión de control no nace de querer controlarlo todo, en cambio nace de haber comprobado demasiadas veces que nuestro esfuerzo daba resultado.

Y eso es cierto:  El esfuerzo, la preparación y la disciplina importan.

Lo que ocurre es que, en algún momento, podemos llegar a creer que, si hacemos todo bien, el resultado acabará llegando necesariamente.

Y ahí es donde empieza el problema.

Porque la vida, los negocios, las relaciones, el liderazgo o la educación de nuestros hijos no funcionan como una ecuación matemática, hay factores que no controlamos: Personas que toman decisiones distintas a las que nos gustaría, momentos que no son los adecuados y circunstancias que no dependen de nosotros.

Nunca me ha gustado aceptar esa realidad, en parte por la ilusión de control y en parte por qué no quiero delegar en otros la responsabilidad de mi propia vida.

Pero hay ocasiones en las que, sencillamente, podemos hacerlo bien y aun así no obtener el resultado que esperábamos.

Reconozco que aceptar esto me está resultando más difícil de lo que imaginaba, porque, en el fondo, también implica aceptar que no todo está en mis manos, y para alguien acostumbrada a construir su vida a través de la acción, el esfuerzo y la responsabilidad, eso genera una sensación extraña. De descontrol….

Es como si una herramienta que siempre me había funcionado empezara a dejar de hacerlo. Sin embargo, empiezo a pensar que quizá no se trata de renunciar a la acción ni de dejar de esforzarse. Quizá se trata de algo más complejo y, al mismo tiempo, liberador:  de aprender a distinguir qué parte del resultado depende realmente de mí y qué parte no.

Porque cuando asumimos responsabilidades que no nos corresponden acabamos cargando pesos que tampoco nos pertenecen. Y cuando creemos que todo depende de nosotros, cada resultado que no llega como esperabas acaba convirtiéndose en una prueba de que todavía no has hecho suficiente.

Quizá la verdadera cuestión no sea cuánto control tenemos sobre lo que ocurre, si no preguntarse ¿Dónde está la línea entre asumir nuestra responsabilidad y asumir responsabilidades que nunca nos pertenecieron?

Sinceramente, todavía no lo sé. Pero he decidido que es una pregunta que voy a empezar a hacerme más a menudo a partir de ahora, porque tengo la sensación de que, a medida que la vaya explorando, aparecerán interesantes matices y, probablemente, preguntas mejores.

Núria Fonts Mateo

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