Disfruto mucho viendo deporte.
No solo porque me apasiona la competición, sino porque sigo descubriendo historias humanas detrás de cada deportista. Estos días, siguiendo el Mundial de fútbol masculino, ha habido una figura que me ha hecho detenerme más de una vez, y no tanto por el futbolista que todos vemos, sino por la persona que todavía se está construyendo: Lamine Yamal.
Salvando unas distancias enormes, hay algo de su historia que me ha conectado con una parte de la mía.
Yo también fui una deportista muy joven y viví expuesta a las expectativas de entrenadores, aficionados, familiares, periodistas… y durante mucho tiempo sentí que las personas solo hablaban de cómo jugaba, de lo que hacía bien o mal, de lo que podía llegar a ser e incluso de mi apariencia física, pero ninguna se preguntaba cómo estaba la persona que había detrás de aquella jugadora.
La presión forma parte del alto rendimiento. De hecho, aprender a convivir con ella me ha servido durante toda mi vida, primero en el deporte y después en el mundo empresarial. Lo realmente complejo para mí en aquel momento fue intentar descubrir quién era mientras sentía que todo mi valor dependía de mis resultados y de la evaluación externa y que no había ninguna persona a mi alrededor que simplemente viera a Núria, sin más adjetivos.
Por eso, cuando veo a un chico de apenas 19 años recién cumplidos, convertido en un fenómeno mundial, no puedo evitar preguntarme quién está cuidando de la persona mientras todos opinamos sobre el futbolista. Porque el talento deslumbra, pero también expone y cuanto más extraordinario es ese talento, más fácil es que olvidemos que detrás sigue habiendo un adolescente que todavía está construyéndose.
Esta reflexión me conecta con una de las razones por las que nació Ona Mind .
Muchas veces los coaches intervenimos cuando los líderes ya están formados, cuando ya ocupan posiciones de responsabilidad o cuando ya tienen personas a su cargo. Es entonces cuando empezamos a hablarles de liderazgo, de inteligencia emocional, de comunicación o de gestión de personas.
Estoy totalmente convencida de que llegamos tarde si queremos generar el impacto más grande posible. El liderazgo no empieza cuando alguien dirige un equipo, empieza cuando una niña o un niño aprende a relacionarse consigo mismo y cuando un/a adolescente descubre que su valor no depende únicamente de sus resultados. Aprender a gestionar la frustración, la presión, el error, la exposición y el éxito, sin perder quién es, van a ser las capacidades más importantes que va a adquirir en su vida.
Quizá por eso siento que tenemos una enorme responsabilidad con nuestros jóvenes, especialmente con aquellos que viven en entornos de alto rendimiento y de exposición constante. No basta con entrenar la destreza. Tenemos que cuidar a la persona que deberá sostener esas habilidades.
El deporte tiene algo que siempre he pensado que es maravilloso: Es uno de los pocos espacios donde el talento puede abrir puertas que, en otros ámbitos, quizá nunca llegarían a abrirse. Pero descubrir el potencial y entrenarlo no es suficiente, también hay que protegerlo y enseñarle a cuidarse.
Al final, los líderes del mañana no empiezan a construirse cuando reciben un cargo, sino mucho antes y la manera en que hoy cuidemos a esos jóvenes determinará no solo el tipo de deportistas que serán, sino también el tipo de personas y de líderes que llegarán a convertirse.