“Iré si Sandra viene conmigo.”
Eso le dije a mi madre cuando recibí una oferta para ir a una universidad americana. Ella nos lo contó el sábado pasado, con Sandra delante. Mi mejor amiga en el C.A.R. y todavía hoy mi amiga.
No recordaba haberlo dicho, pero al escucharlo pude reconocer cómo me sentía entonces.
Me daba miedo hasta dónde podía llevarme el baloncesto, porque cuanto más lejos llegaba, más sola me sentía.
Tuve un amigo que me apoyó, pero él tenía su vida y no podía venir conmigo a todos los lugares a los que me estaba llevando el deporte y yo necesitaba compartir aquel camino con alguien querido. Una amiga, una pareja, mi familia. Alguien que estuviera a mi lado, con quien poder contar y en quien confiar plenamente.
Hoy miro esta medalla con aprecio y a aquella joven que fui con una comprensión que entonces no tenía.
Cuando trabajo con un deportista joven, me importa saber con quién puede hablar de verdad y con quién puede compartir sus dudas y ser él mismo.
La familia, los amigos y la pareja tienen un lugar enorme en ese camino. A veces cuesta entender lo que está viviendo alguien que llega tan lejos y tan joven. Pero es fundamental acercarse, preguntar y, sobre todo, querer estar a su lado.
Acompañar ese camino también puede exigir cambios y renuncias a quienes quieren al deportista. Estar, escuchar e intentar comprender puede significar mucho más de lo que imaginamos.
Hoy entiendo a aquella joven que dijo: “Iré si Sandra viene conmigo” Quería llegar lejos y tener a alguien con quién compartirlo. Detrás de cada deportista hay una persona que necesita poder crecer, decidir y sentirse querida mientras descubre hasta dónde quiere llegar.
Necesitar a alguien no es debilidad, sino humanidad.